NADA DE QUE QUEJARSE
Escribo esto por un pedido que me hizo Diyi. Se podría decir patética y egocéntricamente que no escribo porque quiero sino porque quieren que escriba. En últimas para acordarme de lo que he pensado en estos días. No tengo nada de qué quejarme, sólo puedo quejarme de que no tengo nada de que quejarme. Puedo decir que no quiero escribir un diario. Bueno, pero ese es otro asunto. El hecho que no me pueda quejar no quiere decir que no tenga mis disgustos con el mundo: no me la voy muy bien con las personas que no son yo, me ensimismo, me la paso todo el día sentada tratando de leer como profesión y me encuentro con que entre más leo menos entiendo, esto lo digo sin falsa modestia sino queriendo que se entienda literalmente, pues me toca leer varias veces la misma oración. De todas maneras pasan las horas con sus extraños olores, ahora por ejemplo, tengo la impresión de percibir un olor a baño público recién lavado. Antes pude oler una fogata a pocas cuadras de distancia, a lo mejor en el rincón izquierdo de mi cerebro. Estoy tratando de hacer mi tesis de filosofía y siempre me encuentro haciendo trabajo de carpintería ajeno al tema que me concierne. Esto debido a que ningún tema me concierne. Me preocupo por la forma: pienso en estilos de escritura, pienso en tropos y figuras retóricas, en evocaciones, pero no pienso en contenidos. Creo que me tomo lo abstracto demasiado en serio, aún si me intereso por lo político y por lo estético. Bajo y me compro unos zapatos, son días que no salgo y que no camino: pero es que eran tan baratos. Son muy elegantes, espero poder usarlos algún día: a lo mejor el día en que decida comenzar a quejarme de nuevo. Siento unas ganas increíbles de salir al parque pero salgo y me regreso, sólo miro las flores y trato de aprenderme sus nombres. La campanula con su forma de campana (se acabo el recreo) viene en varios colores y tiene como significado la coquetería: sus pistilos son pegachentos y mielosos. Había unas azucenas rojas, lejanas a la pureza. Tengo que aprender a dar paseos, a caminar un poco las ideas. A este paso, el no tener quejas puede desembocar en una locura. No sabía que esa era uno de los riesgos de renunciar al trabajo para tener más tiempo. Sea lo que sea, este nuevo modo de ser, parece encogerse a medida que pasa El Tiempo. Es la mala calidad con que vienen hechas las cosas. Voy a desconfiar en mis cálculos en asuntos vitales, siempre me sale el tiro por la culata: tengo que entregarme profundamente a la sospecha y dejar esta ilusión de transparencia que sale de mi convencimiento en una vida manejada por la voluntad. Por lo pronto, creo que volveré a la vieja idea de dejarse llevar por la corriente, de dejar de interferir con las fuerzas del destino. Decidí poner el cubrelecho de retazos de mi abuela sobre mi cama, espero no tener frío esta noche. La verdad es que siento una extraña felicidad por el hecho de que no tengo nada de que quejarme, pero a la vez, es como ese silencio antes de la desgracia. Por otro lado, tengo los cantos amazónicos del padre de Isaías dando vueltas en mi cabeza. Mi padre dicen que es lo mismo que escuchar los pájaros cantar, aunque no con intención poética sino haciendo referencia a su inutilidad. Yo le pregunto, sabiendo que es una pregunta que me hago a mi misma: ¿no te gustaría saber que dicen los pájaros? La respuesta a esa pregunta despierta más dilemas de lo que se puede creer a primera vista. Hoy aprendí dos palabras nuevas: heurística, o el arte de inventar, y deontología que significa conjunto de deberes, creo. Así mismo, tal cual, están las cosas.